La mano izquierda de Dios

Sinopsis

«Escuchad: el Santuario de los Redentores en Peña Shotover se llama así por una cochina mentira, pues por allí redención hay poca, y santuario aún menos».

El Santuario de los Redentores es un lugar enorme y desolado, un lugar sin alegría ni esperanza. La mayoría de los muchachos que lo habitan entraron en él siendo sólo unos niños y han crecido sometidos al régimen brutal de los redentores que utilizan su violencia y su crueldad para obligarles a servir a la única fe verdadera.

En uno de los pasillos que se abren en medio de los desolados vericuetos del santuario, hay un niño. Debe de tener unos catorce o quince años. Hace mucho tiempo que olvidó cuál era su verdadero nombre. Ahora todo el mundo le llama Thomas Cale. Es un muchacho extraño y misterioso, encantador pero malicioso y tremendamente violento. Está tan acostumbrado a la crueldad que parece inmune a ella.

Sin embargo, muy pronto abrirá la puerta equivocada en el momento equivocado y, tras ella, descubrirá la belleza más sublime y la verdad más despiadada. Su única opción es huir, pero ¿podrá Cale burlar la vigilancia de los redentores y abandonar el Santuario? ¿Logrará escalar sus muros impenetrables, atravesar las inhóspitas tierras del Malpaís y llegar a la mítica ciudad de Menfis, gobernada por los Materazzi? Más aún, de lograrlo, ¿podrá escapar a los tentáculos de los redentores?

Porque los redentores no quieren dejar escapar a Cale a ningún precio… no por el secreto que ha descubierto, sino por uno mucho más aterrador que posee sin saberlo.

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Datos básicos

Título original: The Left Hand of God
Autor: Paul Hoffman
Publicado en el Reino Unido por Penguin Books Ltd., 2010
Editorial española: La esfera de los libros
Fecha: 02/2/2010
Traductor: Adolfo Muñoz
Páginas: 408
ISBN: 9788497349314
Formato: 15×23 Rústica
Reedición
Fecha: 06/9/2011
Páginas: 408
ISBN: 9788499700823
Formato: 15×23 Rústica

Lee las primeras páginas

Escuchad: el Santuario de los Redentores en Peña Shotover se llama así por una cochina mentira, pues por allí redención hay poca, y santuario aún menos. El campo que lo rodea está lleno de maleza y hierbajos, y apenas hay diferencia entre
el verano y el invierno, lo que equivale a decir que hace siempre un frío del demonio, no importa la época que sea del año. El Santuario resulta visible a kilómetros de distancia cuando no lo oculta, como
suele ocurrir, una niebla sucia y espesa. Está construido con pedernal,
hormigón y harina de arroz: la harina vuelve el hormigón más duro que la roca, y ese es uno de los motivos de que la prisión (pues de eso se trata en realidad), haya resistido tantos intentos de asedio, intentos hoy día considerados tan inútiles que nadie ha tratado de tomar el Santuario de Shotover en cientos de años.
Es un lugar nauseabundo al que solo los Padres Redentores van por propia voluntad. ¿Quiénes son sus presos, pues? En realidad, esta es una palabra poco acertada para aquellos que llevan a Shotover, pues la palabra preso sugiere un delito, y ninguno de ellos ha conculcado ley alguna impuesta por el hombre ni por Dios.
Ni tampoco se parecen a ningún preso que se pueda ver en ningún otro lugar, porque todos los que llevan allí son niños de menos de diez años. Dependiendo de la edad que tengan al ingresar, pueden tener más de quince cuando salgan, aunque solo la mitad llegan a hacerlo. A la otra mitad los envuelven en un sudario de arpillera azul y los entierran en el campo de Ginky, un cementerio que comienza al otro lado de la muralla. Este cementerio es tan grande que se extiende hasta donde alcanza la vista, así que ya os podéis hacer una idea del tamaño de Shotover y de lo duro que resulta en él simplemente conservar la vida. Nadie conoce todos los entresijos del Santuario, y es muy fácil perderse por sus interminables pasillos,
que giran a derecha e izquierda y doblan hacia arriba y hacia abajo como en un laberinto. Y aún más porque todos los rincones del Santuario parecen idénticos entre sí: todos son de color marrón; todos son oscuros, lúgubres; todos huelen a viejo y a rancio.
En uno de esos pasillos se encuentra un muchacho que mira por la ventana y sujeta un saco azul oscuro. Puede que tenga catorce o quince años, aunque él mismo no está seguro de su edad, como no lo está ningún otro. Ha olvidado su nombre original, pues a todo el que llega aquí se lo cambian para ponerle el de uno de los mártires redentores. Y mártires redentores hay muchísimos, debido a que, desde tiempo inmemorial, a los redentores los odia a muerte todo
aquel al que no han logrado convertir. Al muchacho que mira por la ventana lo llaman Thomas Cale, pero nadie emplea nunca el nombre, solo el apellido, y al hacerlo él comete un pecado muy grave.
Lo que le atraía a la ventana era el sonido de la Cancela del Noroeste, que chirriaba como un gigante aquejado de dolor de rodillas, tal como hacía siempre en las raras ocasiones en que se abría. Vio cómo dos redentores, vestidos con su hábito negro, se acercaban a la cancela y hacían pasar a un niño de unos ocho años, seguido de otro
ligeramente menor y de otro más. Cale contó veinte en total antes de que apareciera al final, cerrando el grupo, otro par de redentores. Con lentitud de artrítica, la cancela empezó entonces a cerrarse.
Cale cambió de expresión al inclinarse hacia delante para atisbar, tras la cancela que se cerraba, el Malpaís que se extendía al otro lado. Solo había salido de la muralla en seis ocasiones desde que llegara allí hacía más de diez años: según decían, era el niño más pequeño que hubiera entrado nunca en el Santuario. En esas seis ocasiones lo habían vigilado como si la vida de sus guardianes dependiera de ello (y en efecto así era). Si él hubiera fallado en cualquiera
de esas seis pruebas, que es lo que eran, lo habrían matado en el acto. En cuanto a su vida anterior, no podía recordar nada.
Cuando la cancela se cerró del todo, Cale volvió a fijarse en los niños. Ninguno estaba gordo, aunque tenían esa carita redonda propia de los niños. Todos observaban con ojos como platos el inmenso tamaño del castillo con sus enormes muros, pero aunque se quedaran anonadados ante lo extraño del lugar en que acababan de
penetrar, no parecían tener miedo. Cale sintió en su interior una serie de emociones profundas y extrañas a las que no hubiera podido dar nombre. Pero, si bien se dejó atrapar por ellas, le salvó, como había ocurrido ya muchas veces, su costumbre de mantener un oído atento a lo que sucedía a su alrededor.
Se apartó de la ventana y empezó a caminar por el pasillo.
—¡Tú, espera!
Cale se paró y se dio la vuelta. En el umbral de una de laspuertas que daban al pasillo se encontraba uno de los redentores.
Estaba tan gordo que le colgaban trozos de carne por los bordes del cuello. De la estancia que se encontraba a su espalda salían vapores y ruidos extraños. Cale lo miró sin mover un músculo de la cara.
—Ven aquí y déjame que te vea.
El muchacho caminó hacia él.
—¡Ah, eres tú! —dijo el gordo redentor—. ¿Qué estás haciendo por aquí?
—El Padre Disciplinario me ha mandado llevar esto al torno.—Le mostró el saco azul que llevaba.
—¿Qué has dicho? ¡Habla más alto!
Desde luego, Cale sabía que el redentor estaba sordo de un oído, y lo de hablar en voz baja lo había hecho a propósito. Repitió lo dicho, pero esta vez gritando a pleno pulmón.
—¿Te estás haciendo el gracioso, muchacho?
—No, Padre.
—¿Qué hacías en la ventana?
—¿En la ventana?
—No me tomes por tonto. ¿Qué hacías allí?
—Oí abrirse la Cancela del Noroeste.
—¿Seguro…? —Se quedó como distraído—. Parece que llegan pronto —gruñó, molesto, y después se volvió y miró hacia atrás, pues aquel gordo era el Padre Vituallero, supervisor de aquella cocina que alimentaba tan bien a los redentores y apenas daba de comer a los niños—. ¡Veinte más para la cena! —Al gritar esto, su aliento penetró en la nube maloliente de la estancia. Se volvió de nuevo hacia Cale.
—¿Estabas pensando en algo cuando estabas en la ventana?
—No, Padre.
—¿Tenías imaginaciones?
—No, Padre.
—Si te vuelvo a pillar merodeando por aquí, te arranco la piel, ¿me has oído?
—Sí, Padre.
El Padre Vituallero regresó a su estancia y empezó a cerrar la puerta. Mientras lo hacía, Cale dijo en voz baja, pero lo bastante claro como para que pudiera oírle cualquiera que estuviera menos sordo que el Padre Vituallero:
—¡Ojalá te ahogues ahí dentro, bola de sebo!
La puerta se cerró de golpe y Cale siguió por el pasillo, arrastrando el gran saco tras él. A pesar de que hizo el recorrido prácticamente a la carrera, le costó casi quince minutos alcanzar el torno, que se hallaba al final de un breve pasillo. Lo llamaban el tambor porque eso era lo que parecía, si uno olvidaba el hecho de que medía un metro ochenta de alto y estaba empotrado en un muro de ladrillo.
Al otro lado del tambor, o torno, había una parte completamente cerrada y apartada del resto del Santuario, donde, según se rumoreaba, vivían doce monjas que cocinaban para los redentores y les lavaban la ropa. Cale no sabía lo que era una monja, ni había visto nunca ninguna pese a que de vez en cuando hablaba con ellas a través del torno. No sabía en qué se diferenciaban las monjas de las otras mujeres, de las que en el Santuario se hablaba raramente y siempre con aversión. Aunque había dos excepciones: la Santa Hermana del Ahorcado Redentor y la Bendita Imelda Lambertini, que había muerto a los once años en un éxtasis acaecido mientras tomaba la primera comunión. Los redentores no explicaban qué era un éxtasis, y no había nadie lo bastante tonto como para preguntarlo.
Cale empujó el torno y este giró sobre su eje, revelando una gran abertura. Metió dentro el saco azul y volvió a empujar. Después golpeó en un lado, haciendo mucho ruido. Esperó treinta segundos hasta oír una voz apagada procedente del otro lado del muro.

—¿Qué sucede?

Cale acercó la cabeza al torno para poder ser oído. Sus labios casi tocaban la superficie.

—El redentor Bosco quiere esto para mañana por la mañana—gritó.

—¿Por qué no lo trajeron con los otros?
—¿Cómo demonios voy a saberlo?

Desde el otro lado del muro se oyó un grito de ira, agudo y amortiguado.

—¿Cómo te llamas, impío?

—Dominic Savio —mintió Cale.

—Pues bien, Dominic Savio. Informaré al Padre Disciplinario y te arrancará la piel a latigazos.

—Mirad cómo tiemblo.

Veinte minutos después, Cale regresaba a la oficina de estrategia del Padre Militante. No había en ella nadie salvo el propio redentor, que no levantó la mirada ni dio muestra alguna de haber visto a Cale. Durante otros cinco minutos, siguió escribiendo en su libro de cuentas  sin levantar la vista, antes de decir:

—¿Por qué has tardado tanto?

—El Padre Vituallero me paró en el pasillo exterior.

—¿Por qué?

—Creo que había oído un ruido fuera.

—¿Qué ruido? —Por fin, el Padre Militante miró a Cale.

Sus ojos eran de un color azul claro casi descolorido, pero muy vivos. No se les escapaba prácticamente nada. O nada en absoluto.

—Estaban abriendo la Cancela del Noroeste para dejar entrar a los nuevos. El Padre Vituallero no esperaba que llegaran hoy. Me parece que estaba molesto.

—Cuidado con lo que dices —advirtió el Padre Militante, pero en un tono más suave del habitual. Cale sabía que despreciaba al Padre  Vituallero, y por eso no le parecía tan peligroso hablar de ese modo de un redentor.

—Le pregunté a tu amigo por el rumor de que habían llegado—comentó el redentor.

—Yo no tengo amigos, Padre —repuso Cale—: están prohibidos.

El Padre Militante se rio levemente. Su risa no era agradable.

—No me preocupa eso precisamente de ti, Cale. Pero si quieres que lo diga así, el delgaducho del pelo rubio. ¿Cómo lo llamas tú?

—Henri.

—Ya sé su nombre de pila. Pero tienes un apodo para él.

—Lo llamamos Henri el Impreciso.

El Padre Militante volvió a reírse, pero esta vez su risa sonó a buen humor normal y corriente.

—Muy bien —dijo, apreciando lo certero del apodo—. Le pregunté a qué hora habían llegado los nuevos y me dijo que no estaba seguro, pero que había sido en algún momento entre las ocho campanadas y las nueve. Entonces le pregunté que cuántos eran y me dijo que tal vez quince, o tal vez más.

—Miró a Cale fijamente a los ojos—. Le di unos azotes para enseñarle a ser más exacto en lo sucesivo.

¿Qué te parece?

—A mí me da igual, Padre —respondió Cale con rotundidad—.

Merecía el castigo que vos quisierais infligirle.

—Desde luego. Me alegra mucho que pienses así. ¿A qué hora llegaron?

—Justo antes de las cinco.

—¿Cuántos eran?

—Veinte.

—¿De qué edad?

—Ninguno tenía menos de siete años ni más de nueve.

—¿De qué tipo?

—Cuatro mezos, cuatro uitlanders, tres folders, cinco mestizos, tres miamis y uno que no sé.

El Padre Militante lanzó un gruñido, como si no acabara de satisfacerle que todas sus preguntas fueran respondidas con tanta precisión.

—Ve al tablero. Te he puesto un problema. Tienes diez minutos para resolverlo.

Cale se dirigió a una mesa grande y cuadrada de unos seis metros de lado, sobre la cual el Padre Militante había desplegado un mapa que la desbordaba ligeramente. Era sencillo reconocer algunas de las cosas que había allí dibujadas: colinas, ríos, bosques… Pero sobre él había unos tacos de madera, pequeños y numerosos, que tenían números y símbolos. Algunos de esos tacos estaban colocados de manera ordenada, otros de forma aparentemente azarosa.

Cale observó el mapa durante todo el tiempo que se le había concedido, al cabo del cual alzó la mirada.

—¿Y bien? —preguntó el Padre Militante.

Cale empezó a exponer su solución. Terminó de hacerlo veinte minutos después, y dejó las manos quietas ante él.

—Muy ingenioso. Impresionante, diría yo —dijo el Padre Militante.

Algo se transformó en la mirada de Cale. Entonces, con extraordinaria
velocidad, el Padre Militante azotó la mano izquierda
del muchacho con un cinturón de cuero lleno de tachuelas pequeñas
y redondeadas.
Cale hizo una mueca. El dolor le forzó a apretar los dientes.
Pero enseguida su rostro volvió a adoptar aquella atenta frialdad
que era todo cuanto el redentor solía ver en él. El Padre Militante
se sentó y observó al muchacho como si fuera un objeto interesante
y sin embargo insatisfactorio.
—¿Cuándo vas a aprender que cuando haces algo brillante,
algo original, es tan solo porque el orgullo te domina? Esa solución
que propones podría funcionar, pero es innecesariamente arriesgada.
Sabes muy bien cuál es la solución canónica para este problema.
En la guerra un éxito gris es siempre mejor que un éxito brillante,
y sería mejor que aprendieras por qué. —Golpeó en la mesa con
furia—. ¿Es que has olvidado que un redentor tiene derecho a matar
al instante a cualquier chico que haga algo inesperado?
Volvió a golpear en la mesa, se levantó y miró a Cale. Aunque
en pequeña cantidad, la sangre manaba por toda la palma de la
mano izquierda de Cale, que seguía abierta.
—Nadie te trataría con la indulgencia con que lo hago yo. El
Padre Disciplinario te ha echado el ojo. Ya sabes que le gusta dar un
ejemplo cada pocos años. ¿Quieres terminar en un Acto de Fe?
Cale miró al frente y no dijo nada.
—¡Responde!
—No, Padre.
—Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa —dijo
el Padre Militante, golpeándose tres veces el pecho con la mano—.
Tienes veinticuatro horas para meditar en tus pecados antes de
arrepentirte de ellos ante el Padre Disciplinario.
—Sí, Padre.
—Ahora vete.
Dejando caer las manos, Cale se volvió y se dirigió a la puerta.
—No manches de sangre la alfombra —advirtió el Padre Militante.
Cale abrió la puerta con la mano buena y salió.
Solo en su oficina, el Padre Militante vio cerrarse la puerta. En
cuanto oyó el chasquido de la cerradura, su expresión cambió de la
ira apenas reprimida a una reflexiva curiosidad.
Fuera, en el pasillo, Cale se quedó un momento en pie, inmóvil
bajo aquella horrible luz marrón que teñía todo el Santuario. Observó
su mano izquierda: las heridas no eran profundas, porque las
tachuelas del cinto estaban pensadas para causar intenso dolor sin
provocar heridas difíciles de curar. Apretó el puño todo lo posible,
agitando la cabeza como si un leve temblor le atravesara el cráneo.
La sangre goteó en el suelo abundantemente. A continuación relajó
la mano, y bajo la luz marrón apareció en su rostro la huella de una
horrible desesperación. Esa huella desapareció al cabo de un momento,
y Cale empezó a recorrer el pasillo hasta perderse de vista.
Ninguno de los muchachos del Santuario sabía cuántos eran en
total. Algunos aseguraban que había nada menos que diez mil y
que aumentaban cada mes. Sobre ese incremento versaba la mayor
parte de las conversaciones. Aquellos que se encontraban ya cerca
de la veintena coincidían en decir que hasta los últimos cinco años,
el número de chicos, fuera el que fuera, había permanecido estable;
pero que a partir de entonces había ido en aumento. Los redentores
estaban haciendo las cosas de modo diferente, y eso en sí mismo era
algo extraño y de mal agüero, pues la costumbre y la conformidad
con el pasado significaban para ellos lo mismo que significa el aire
para quien respira. Para ellos cada día debía ser igual al día anterior,
cada mes como el mes anterior, y ningún año debía diferir de ningún
otro. Y, sin embargo, ahora el gran incremento del número de
acólitos obligaba a introducir cambios: en los dormitorios se habían
introducido literas de dos y de tres pisos para acomodar a los recién
llegados; el servicio divino se daba de manera alternativa para que
todos pudieran rezar y recibir cada día los dones contra la condenación;
y ahora había turnos para las comidas. Pero sobre las razones
de estos cambios, los muchachos no sabían nada.
Con la mano izquierda envuelta en un sucio trozo de tela que
habían desechado las siervas lavanderas, Cale atravesó el enorme
refectorio durante el segundo turno, llevando una bandeja de madera.
Había llegado tarde, aunque no demasiado tarde (si hubiera
sido así, le habrían pegado y excluido de la cena). Fue caminando
hacia la gran mesa que había al final de la estancia, donde comía
siempre. Se detuvo tras otro chico de la misma edad y altura que él,
que estaba tan concentrado en su cena que no notó que tenía a Cale
detrás. Pero lo alertó la cabeza levantada de sus compañeros de
mesa. Entonces levantó la mirada.
—Lo siento, Cale —dijo metiéndose en la boca los restos de
comida al mismo tiempo que se salía del banco y se llevaba la bandeja
apresuradamente.
Cale se sentó y observó su cena: había algo que parecía una
salchicha pero no lo era, y estaba cubierta de una salsa aguada, con
un tubérculo indeterminado al que una cocción interminable había
convertido en una papilla de pálido color amarillento. Al lado, en
un cuenco, había unas gachas frías, grises y gelatinosas, como nieve
pisada durante días. Por un momento, y pese a lo hambriento que
estaba, no fue capaz de decidirse a empezar. Entonces alguien se
sentó a su lado en el banco. Cale no lo miró, pero se puso a comer,
y solo un levísimo temblor en la comisura de los labios revelaba el
asco que sentía.
El muchacho que se había sentado a su lado empezó a hablar,
pero en voz tan baja que solo Cale podía oírle. No era prudente que
lo pillaran a uno hablando durante la cena con el de al lado.
—He encontrado algo —dijo el muchacho claramente emocionado,
pese a que apenas se le podía oír.
—Me alegro por ti —respondió Cale sin entusiasmo.
—Algo maravilloso.
Esta vez Cale no reaccionó en absoluto, sino que concentró su
mente en ingerir las gachas sin tener arcadas. El otro muchacho
hizo una pausa.
—Hay comida: comida que se puede comer. —Cale apenas levantó
la cabeza, pero su compañero de asiento supo que lo había
logrado.
—¿Por qué tendría que creerte?
—Conmigo estaba Henri el Impreciso. Nos vemos a las siete
detrás del Ahorcado Redentor.
Diciendo esto, el muchacho se levantó y se fue. Cale alzó la
cabeza, y apareció en su rostro una extraña expresión de anhelo,
tan diferente de la fría máscara que habitualmente mostraba al
mundo que el muchacho que tenía delante se le quedó mirando.
—¿No quieres eso? —le preguntó con ojos llenos de esperanza,
como si la salchicha rancia y las gachas de color gris amarillento
le proporcionaran una satisfacción inmensa.
Cale ni le respondió ni le miró. Continuó comiendo, esforzándose
por tragar sin hacer arcadas.
En cuanto terminó, Cale llevó la bandeja de madera al lavatorio,
la fregó en la pila con arena y la volvió a poner en su estante. Al
dirigirse hacia la salida, observado como estaba por un redentor
que vigilaba el refectorio desde un enorme sitial, Cale se arrodilló
ante la estatua del Ahorcado Redentor y se golpeó tres veces el
pecho, murmurando: «Soy pecado, soy pecado, soy pecado» sin
prestar ninguna atención al significado de las palabras.
Fuera estaba oscuro, y había descendido la niebla nocturna.
Eso era buena cosa: le resultaría más fácil deslizarse sin ser visto
desde el deambulatorio hasta los arbustos que crecían tras la gran
estatua.
Para cuando llegó, Cale era incapaz de ver a más de tres metros
de distancia. Descendió desde el deambulatorio a la grava que
había delante de la estatua.
Aquella estatua era la más grande de todas representaciones
del Ahorcado Redentor que había en el Santuario, y debía de haber
cientos de ellas, algunas de las cuales no medían más que unos centímetros
y estaban clavadas a las paredes, puestas en hornacinas o
decorando las pilas de cenizas sagradas que había al final de cada
pasillo y por encima de las puertas. Eran tan comunes, se las mencionaba
con tanta frecuencia, que la imagen misma había perdido
todo significado. Nadie, salvo los nuevos, era capaz de ver en ellas
lo que eran: la imagen de un hombre colgado en una horca, con una
soga alrededor del cuello y el cuerpo sombreado de cicatrices producidas
por las torturas que le habían infligido antes de la ejecución,
y cuyas piernas rotas colgaban extrañamente torcidas. Las
sagradas horcas del Ahorcado Redentor hechas durante la fundación
del Santuario, mil años antes, eran crudas y tendían a un realismo
directo: un terror en los ojos y en la cara que suplía la falta de
habilidad en la talla, el cuerpo contorsionado, la lengua saliendo
de la boca… Aquella, venían a decir los escultores, era una manera
horrible de morir. A lo largo de los años las estatuas se habían ido
volviendo más perfectas pero también más blandas. La gran estatua,
con su enorme horca, su gruesa soga y su Redentor de seis
metros de altura colgando de ella, no tenía más que treinta años de
antigüedad, y los verdugones que lucía a la espalda eran prominentes,
pero limpios y sin sangre; y las piernas, más que quebradas por
los golpes, parecían sufrir de calambres. Pero lo más raro de todo
era la expresión de la cara, pues en lugar del horrible sufrimiento
de la estrangulación, parecía mostrar una expresión de molestia,
algo así como si se le hubiera atravesado una espina en la garganta
y tratara de quitársela tosiendo discretamente.
Sin embargo, aquella noche de niebla y oscuridad, lo único
que Cale podía distinguir del Redentor eran sus enormes pies surgiendo
de la niebla. Resultaba tan extraño, que producía incomodidad.
Con cuidado de no hacer ruido, Cale se introdujo en los arbustos,
que lo protegerían de la vista de cualquiera que pasara.
—¿Cale?
—Sí.
Kleist, el muchacho con el que había hablado en el refectorio, y
Henri el Impreciso salieron de los arbustos y aparecieron ante él.
—Espero que merezca la pena el riesgo que corremos, Henri
—susurró Cale.
—La merece, Cale. Te lo aseguro.
Kleist le hizo a Cale un gesto para que lo siguiera tras los arbustos,
pegado al muro. Allí todo estaba aún más oscuro, y Cale
tuvo que esperar un poco a que sus ojos se adaptaran. Los otros dos
esperaban. Había una puerta.
No es fácil imaginarse lo emocionante que resultaba ver allí
una puerta, pues en el Santuario, pese a que había muchas entradas,
puertas había pocas. Durante la Gran Reforma, acaecida doscientos
años antes, más de la mitad de los redentores habían sido
quemados en la pira por herejes. Temiendo que aquellos apóstatas
pudieran haber contaminado a los muchachos, la secta victoriosa de
los redentores les había cortado el cuello, solo por si acaso. Tras
volver a aprovisionarse de chicos, los redentores habían realizado
muchos cambios en el Santuario, uno de los cuales consistía en
suprimir todas las puertas allí donde había muchachos.
Pues, a fin de cuentas, ¿de qué servía una puerta donde había
pecadores? Las puertas ocultan cosas, las puertas amparan actos
malvados, habían decidido, amparan el secreto, ya sea en soledad o
en compañía, y amparan la confabulación. La idea misma de puerta,
en cuanto les dio por meditar en ella, les provocó a los redentores
rabia y temor. El mismísimo demonio ya no era plasmado solo
como una bestia con cuernos sino, al menos con la misma frecuencia,
como un rectángulo dotado de cerradura.
Claro está que ese anatema contra las puertas no se aplicaba a
los propios redentores, y de hecho el símbolo de su redención era la
posesión de una puerta en su lugar de trabajo y en las celdas en que
dormían. Para los redentores, la santidad se medía por el número
de llaves que les permitían colgar de la cadena con que rodeaban la
cintura. El tintineo que hacía uno al caminar mostraba que ya había
sido aceptado en el cielo.
El descubrimiento de una puerta desconocida, por tanto, era
algo sorprendente y emocionante.
En cuanto sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad,
Cale distinguió junto a la puerta un montón de escayola rota y ladrillos
desmoronados.
—Me estaba escondiendo de Chetnick —explicó Henri el Impreciso—.
Así es como encontré este lugar. El yeso de la esquina se
estaba cayendo, así que mientras esperaba que Chetnik se fuera
empecé a arrancarlo. Le había entrado agua y se desmoronaba solo.
En un minuto lo desprendí todo.
Cale alargó la mano hacia el borde de la puerta y empujó con
cuidado. Volvió a empujar. Y otra vez más.
—Está atrancada.
Kleist y Henri el Impreciso sonrieron. Kleist se metió la mano
en el bolsillo y cogió algo que Cale no había visto jamás en posesión
de ningún muchacho: una llave. Era gruesa y larga, y estaba
picada de herrumbre. Los ojos les brillaron de emoción. Kleist metió
la llave en la cerradura y la giró, gruñendo al hacer el esfuerzo.
Entonces, haciendo «¡clank!», la llave dio vuelta.
—Hemos estado tres días echándole grasa y tal para que abra
—dijo Henri el Impreciso con voz impregnada de orgullo.
—¿Dónde encontrasteis la llave? —preguntó Cale. Kleist y
Henri el Impreciso se sentían encantados de que Cale se dirigiera a
ellos como si hubieran resucitado un muerto o caminado sobre las
aguas.
—Te lo diremos cuando estemos dentro. Adelante. —Kleist
arrimó el hombro a la puerta, y los otros hicieron lo mismo—. No
empujéis demasiado fuerte, porque puede que no estén muy bien
las bisagras. No hay que hacer ruido. Contaré hasta tres. —Se detuvo—.
¿Listos? A la una, a las dos y a las… tres. —Empujaron.
Nada. No se movió ni un centímetro. Se pararon para coger aire—.
A la una, a las dos y a las… tres.
Empujaron de nuevo, y entonces la puerta chirrió. Se echaron
atrás alarmados. Si los oían, los atraparían; y si los atrapaban, los
someterían a Dios sabía qué.
—Nos podrían colgar por esto —dijo Cale. Los otros lo miraron.
—No harían eso… La horca no.
—Bosco me ha dicho que el Padre Disciplinario anda buscando
una excusa para dar un ejemplo. Hace ya cinco años desde que
ahorcaron al último.
—No serían capaces —repitió Henri el Impreciso, horrorizado.
—Sí que serían. ¡Esto es una puerta, por Dios! Y tú tienes una
llave. —Cale se volvió hacia Kleist—. Y, por cierto, me mentiste: no
tienes ni idea de lo que hay ahí dentro. Seguramente no va a ningún
lado, y no encontraremos nada que merezca la pena robar ni
que merezca la pena ver. —Volvió a mirar al otro—. No merece la
pena correr el riesgo, Henri, pero se trata de vuestro cuello. Conmigo
no contéis.
Cuando ya se iba, una voz gritó desde el deambulatorio con
rabia e impaciencia.
—¿Quién anda ahí? ¿Qué ha sido ese ruido?
Entonces oyeron las pisadas de un hombre que caminaba sobre
la grava, por delante de la estatua del Ahorcado Redentor.

Fuente: Esfera de los libros