Exclusiva: Así comienza ‘La mano izquierda de Dios’

Mañana 2 de Febrero de 2010, La esfera de los libros publica La mano izquierda de Dios, la primera novela de la esperada trilogía de Paul Hoffman. A continuación podéis leer en exclusiva el inicio de este fantástico libro:

«Escuchad: el Santuario de los Redentores en Peña Shotover se llama así por una cochina mentira, pues por allí redención hay poca, y santuario aún menos. El campo que lo rodea está lleno de maleza y hierbajos, y apenas hay diferencia entre el verano y el invierno, lo que equivale a decir que hace siempre un frío del demonio, no importa la época que sea del año. El Santuario resulta visible a kilómetros de distancia cuando no lo oculta, como suele ocurrir, una niebla sucia y espesa. Está construido con pedernal, hormigón y harina de arroz: la harina vuelve el hormigón más duro que la roca, y ese es uno de los motivos de que la prisión (pues de eso se trata en realidad), haya resistido tantos intentos de asedio, intentos hoy día considerados tan inútiles que nadie ha tratado de tomar el Santuario de Shotover en cientos de años.

Es un lugar nauseabundo al que solo los Padres Redentores van por propia voluntad. ¿Quiénes son sus presos, pues? En realidad, esta es una palabra poco acertada para aquellos que llevan a Shotover, pues la palabra preso sugiere un delito, y ninguno de ellos ha conculcado ley alguna impuesta por el hombre ni por Dios. Ni tampoco se parecen a ningún preso que se pueda ver en ningún otro lugar, porque todos los que llevan allí son niños de menos de diez años. Dependiendo de la edad que tengan al ingresar, pueden tener más de quince cuando salgan, aunque solo la mitad llegan a hacerlo. A la otra mitad los envuelven en un sudario de arpillera azul y los entierran en el campo de Ginky, un cementerio que comienza al otro lado de la muralla. Este cementerio es tan grande que se extiende hasta donde alcanza la vista, así que ya os podéis hacer una idea del tamaño de Shotover y de lo duro que resulta en él simplemente conservar la vida. Nadie conoce todos los entresijos del Santuario, y es muy fácil perderse por sus interminables pasillos, que giran a derecha e izquierda y doblan hacia arriba y hacia abajo como en un laberinto. Y aún más porque todos los rincones del Santuario parecen idénticos entre sí: todos son de color marrón; todos son oscuros, lúgubres; todos huelen a viejo y a rancio.

En uno de esos pasillos se encuentra un muchacho que mira por la ventana y sujeta un saco azul oscuro. Puede que tenga catorce o quince años, aunque él mismo no está seguro de su edad, como no lo está ningún otro. Ha olvidado su nombre original, pues a todo el que llega aquí se lo cambian para ponerle el de uno de los mártires redentores. Y mártires redentores hay muchísimos, debido a que, desde tiempo inmemorial, a los redentores los odia a muerte todo aquel al que no han logrado convertir. Al muchacho que mira por la ventana lo llaman Thomas Cale, pero nadie emplea nunca el nombre, solo el apellido, y al hacerlo él comete un pecado muy grave.»

Fuente: La mano izquierda de Dios